Sin contar a Donald Trump, dos de las palabras que seguramente más se utilizan en la lengua inglesa en este momento son inteligencia artificial (IA).

La semana pasada, las grandes tecnológicas recuperaron una campaña destinada a convencer a la gente de que los robots no les robarán el empleo. Ejecutivos de Intel y Tesla hablaron en una reunión del subcomité de la Cámara de Representantes sobre los retos de la IA, restando importancia a ese tipo de preocupaciones. Otros, como el economista jefe de Google, Hal Varian concedieron entrevistas para impulsar la idea de que la IA es la solución laboral al descenso de la natalidad en los países desarrollados.

Esta campaña coincidió con una serie de eventos que arrojan una luz diferente sobre la industria tecnológica, como la noticia que cuestiona hasta qué punto Facebook y otras plataformas tecnológicas se utilizaron para influir en los resultados de las elecciones de EEUU en 2016. O la de un taxista de 60 años que se suicidó en Nueva York desmoralizado por los cambios que vive su sector. Su suicidio llevó al alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, a intentar regular Uber.

Luego le llegó el turno a filántropos como Bill Gates, que hace tiempo advirtió de que las grandes tecnológicas ponían impedimentos a la supervisión de las autoridades. Unilever ha amenazado con retirar su publicidad de empresas como Google y Facebook que «crean división en la sociedad».

La respuesta a la pregunta de si la IA será una ayuda o un problema para los trabajadores depende de la clase socioeconómica. Es cierto que, a largo plazo, la tecnología suele crear empleo, pero, para entonces, muchos de nosotros ya no estaremos aquí.

En los próximos cinco años, cuando las nuevas tecnologías se incorporen a los distintos sectores, estas beneficiarán a los ejecutivos con las habilidades y la educación para potenciar las ventajas de la productividad que ofrece la IA.

Los especialistas de medicina, por ejemplo, podrían incrementar sus ingresos utilizando los análisis de la IA para mejorar el diagnóstico y el tratamiento de sus pacientes. Sin embargo, los empleados que desempeñan tareas muy repetitivas que pueden realizar las máquinas no saldrán tan bien parados. Todo apunta a que la IA aumentará la tendencia de ‘el ganador se lo lleva todo’ en los mercados laborales globales. Esto tendrá importantes consecuencias.

Según un informe del McKinsey Global Institute, aunque la digitalización tiene el potencial de impulsar la productividad y el crecimiento, también podría contener la demanda, si reduce el porcentaje de ingresos de los trabajadores y incrementa la desigualdad. Según un sondeo anterior de McKinsey, la mayoría de los ejecutivos cree que tendrá que reemplazar a más de un 25% de su plantilla de aquí a 2023 para digitalizar su empresa.

En una reciente conferencia, escuché a consejeros delegados de grandes multinacionales de EEUU hablar de cómo tecnología sería capaz de sustituir al 30-40% de la plantilla de sus empresas en los próximos años y del impacto político que tendrían estos despidos.

Me gustaría proponer una solución radical. No les despidan. No estoy pidiendo que se conviertan en una organización benéfica. Sugiero que los sectores público y privado se unan para crear algo así como un New Deal digital. Y es que, aunque muchos trabajos serán absorbidos por la automatización, hay muchos, como la atención al cliente o el análisis de datos, que buscan talento.

Por otra parte, las empresas que quieren retener a sus empleados y se comprometen a reciclarlos, deberían obtener incentivos fiscales.

EEUU debería seguir el ejemplo de Alemania tras la crisis financiera, que evitó despidos masivos después de que los sectores público y privado encontraran una solución: conceder subsidios a las empresas, que invirtieron en modernizar las fábricas y en formación de los trabajadores, entre otras cosas. Esta política ayudó a las empresas alemanas a captar cuota de mercado a sus competidores de EEUU en países como China.

Hay muchos proyectos de este tipo en EEUU a los que los empleados podrían acogerse, ayudando a llevar la banda ancha a las zonas rurales, por ejemplo. Las empresas más grandes podrían incluso dedicar recursos y empleados a proyectos similares, lo que les proporcionaría más clientes al crear demanda en zonas de bajo crecimiento.

Una forma que tienen las compañías y los gobiernos de convertir un posible desastre laboral en una oportunidad es hacer hincapié en la formación de los más jóvenes y construir infraestructuras públicas que sostengan los futuros empleos.

Las alternativas, una ralentización del crecimiento y una política más polarizada, no resultan muy atractivas.